Sé bien que le pertenezco al mundo. Me ha sorprendido el atardecer entre calles angostas, en plazas y parques, en ruinas lejanas de alguna ciudad. Escribí cartas al viento. Ardí en la hoguera y el río siempre me conduce al mar. Sé que la vida va ceñida a un hilo. Que en mi alforja llevo el agua de Túnez y Asúan. Soy polvo, arena, agua, viento, calor y frío. Soy el último beso que te oyó suspirar. Y entre tanto soy nada.
Era real es deshielo la charla tonta que se escapa del tiempo el súbito temor de saber que el alma se vierte desnuda a contra luz.
Era real la entrega, el equilibrio, presentir los miedos que cruzan el mapamundi de tus ojos. Todo existe, tan real como el beso al despertar, como la mesa y el desayuno.
Aún no sé si ha llegado contigo o he sido yo, que abriendo puertas dejé entrar la primavera.
Cuando eres isla te nacen mares, frutos frescos y palmeras en la piel. Tú voz se alza aguda y clara como las voces de los pájaros. Pisas la tierra india y negra que alimentó a tus ancestros y rememoras que estás hecha de sal y sol, de colores, de abrazos cálidos, de melao y arena. Cuando eres isla en ti rugen las olas, arde el fuego, late el tambor.
Porque el camino conduce siempre a algún sitio, he de vivir la confusión, sentir el vacío. Amar el silencio, saciarme de música y libros. Perderte. Pensarte. Mirarme al espejo. Despertar un buen día con ansias de hacer lo que no hice antes. Vibrar, llenarme de mar, de sueños. Saberme entera. Abrir la puerta y al fin encontrarte.
Amordazada y fluvial, dos en una. Un paso adelante, un paso atrás, nada es en vano. Soy el capullo de mi inconsciencia consciente, un grano de sal en la herida, el epítome de la dulzura. Crezco en espirales de anhelos mundanos, soy trascendencia divina. Y a veces, solo a veces, soy nada.
Después de aquel lúgubre día de Septiembre me mudé al barrio Saint Germain, muy cerca de Doña Anastasia, mi madre adoptiva. El café que tanto había soñado fue construido por los chicos de la fraternidad. Comenzó siendo un pasillo bohemio de tres mesas y cocina diminuta hasta convertirse en lo que ves hoy: uno de los sitios más frecuentados de la ciudad. Luxemburgo sigue siendo mi lugar favorito, sobre todo en verano, pues Mathi juega con los niños y yo aprovecho para disfrutar del bullicio, el romance de los enamorados, las flores, el follaje de los arboles y la quietud de los ancianos mientras leen el periódico con ese ademán nostálgico propio de la senectud. Fue allí, frente a Santa Genoveva, donde juró amarme eternamente. Éramos tan jóvenes y rebeldes que no avistamos el futuro. Sus padres jamás me aceptaron. No querían bastardos mestizos. Mucho menos compartir el oxígeno con una mujer que hablaba de ancestros, de la tierra y sus espíritus divinos. Muy poco recuerdo de aquella noche en que fuimos embestidos por cuatro hombres armados hasta los dientes. Solo sé que desperté con la cara ensangrentada, el cuerpo adolorido y semi desnudo en las afueras de L’Eglise Saint-Germain des Pres. Antuene ya no estaba. Han transcurrido siete años y catorce días de ausencia.