Habitante

Soy habitante de la Luna. Mi casa, un iglú construido con materia moldeable, está ubicada en la zona Norte de la estepa lunar. Cada iglú está separado del próximo por una distancia de diez pies lunares, creando una extensa colonia ex- terrícola alrededor del Lago Gris, un caudaloso depósito de aguas densas, grisáceas, donde flotan dantescas flores de lotto entre estallidos de luces color neón. Mis contactos más cercanos son los vecinos del ala izquierda y el ala derecha: un anciano cosechador de hortalizas y flores provenientes de la Tierra y un joven solitario qué pasa la mayor parte del destiempo leyendo secuencias binarias, figuras geométricas, decifrando códigos de la creación. Del resto de los humanos conozco poco. He coincidido con algunas familias en el depositorio de agua deshidratada y partículas de oxígeno . Satori dice que a excepción del viejo y el joven, los otros hermanos de la colonia viven anclados al portal de la realidad que vivieron en Magma por tanto no aprecian la liviandad y la belleza del refugio lunar. A propósito, Satori es un nano felino de ojos violáceos, tan blanco que aparenta ser traslúcido. Lo encontré el día cero. Desde entonces me ha ayudado a sobrevivir dentro de este traje protector que llevaré puesto hasta que mis pulmones estén listos para intercambiar gases con la atmósfera lunar. Hoy, he invitado al anciano a beber el té. Satori se peinó la melena frondosa, preparó la mesa y en el centro colocó el recipiente que guarda las centelleantes piedras de volcán. Nuestro invitado llegó en el momento en que desaparecían las flores de loto del lago: una liturgia que sucede cada día en perfecta sincronicidad con la llegada del cansancio y el sueño. Deposité agua deshidratada, flores de lavanda y turrones de miel en conserva dentro de la tetera. El calor de las piedras se elevó en espiral hasta que hizo vapulear el aromático líquido que impregnó de calma la habitación. El anciano se posicionó sobre una manta que había desplegado en el suelo, El Gato, haciendo el tercio, observaba a distancia mientras yo servía el té. Decían los Ingleses que esta ceremonia se celebra a las cinco de la tarde. ¿Qué hora es este instante en el pasado? ¡Quien sabe! Luego Satori me ayudaría con los cálculos y aproximaciones. Ahora tenía frente a mi a un humano con ojos esperanzados, lanzando briznas de nostalgia en cada parpadeo, aguardando por mi compañía y una taza de té.

Liena T. Flores

Deshielo

Era real es deshielo
la charla tonta que se escapa del tiempo
el súbito temor de saber
que el alma se vierte desnuda
a contra luz.

Era real la entrega, el equilibrio,
presentir los miedos
que cruzan el mapamundi de tus ojos.
Todo existe,
tan real como el beso al despertar,
como la mesa y el desayuno.

Aún no sé si ha llegado contigo
o he sido yo,
que abriendo puertas
dejé entrar la primavera.

Liena Tamayo Flores
Derecho Reservado de Autor

Isla

Cuando eres isla te nacen mares, frutos frescos y palmeras en la piel. Tú voz se alza aguda y clara como las voces de los pájaros. Pisas la tierra india y negra que alimentó a tus ancestros y rememoras que estás hecha de sal y sol, de colores, de abrazos cálidos, de melao y arena. Cuando eres isla en ti rugen las olas, arde el fuego, late el tambor.

Rito de Venus

Voy por un café

antes de que sea tarde

y me crezcan alas,

antes de que vuelvan los recuerdos

de aquella mañana

cuando tus manos inquietas

dibujaron arabescos

sobre los sitios ignotos de mis planicies,

sigiloso te adentraste en la gruta de la femineidad,

levité en ti

y me entregaste el flujo la vida.

Liena T. Flores

Derecho Reservado de Autor

VI

Amordazada y fluvial,
dos en una.
Un paso adelante,
un paso atrás,
nada es en vano.
Soy el capullo
de mi inconsciencia consciente,
un grano de sal en la herida,
el epítome de la dulzura.
Crezco en espirales
de anhelos mundanos,
soy trascendencia divina.
Y a veces, solo a veces,
soy nada.

Hendida


En el fuero de mis años 

me amordaza el fuego 

del sol. 

Soy frágil o tenaz

tempestiva o tierna

soy lo que eres. 

Un universo fértil

mis entrañas

que a ras de la Luna 

derraman savia 

de mes a mes. 

Tengo hilos de plata 

trenzados al cabello,

tengo un número por edad.

Mis sueños son jóvenes,

mi espíritu un cóndor andino.

Mis ganas, 

las mismas…

Liena T. Flores

Derecho de autor

Fotografía: Web

Antuene

Después de aquel lúgubre día de Septiembre me mudé al barrio Saint Germain, muy cerca de Doña Anastasia, mi madre adoptiva. El café que tanto había soñado fue construido por los chicos de la fraternidad. Comenzó siendo un pasillo bohemio de tres mesas y cocina diminuta hasta convertirse en lo que ves hoy: uno de los sitios más frecuentados de la ciudad. Luxemburgo sigue siendo mi lugar favorito, sobre todo en verano, pues Mathi juega con los niños y yo aprovecho para disfrutar del bullicio, el romance de los enamorados, las flores, el follaje de los arboles y la quietud de los ancianos mientras leen el periódico con ese ademán nostálgico propio de la senectud. Fue allí, frente a Santa Genoveva, donde juró amarme eternamente. Éramos tan jóvenes y rebeldes que no avistamos el futuro. Sus padres jamás me aceptaron. No querían bastardos mestizos. Mucho menos compartir el oxígeno con una mujer que hablaba de ancestros, de la tierra y sus espíritus divinos. Muy poco recuerdo de aquella noche en que fuimos embestidos por cuatro hombres armados hasta los dientes. Solo sé que desperté con la cara ensangrentada, el cuerpo adolorido y semi desnudo en las afueras de L’Eglise Saint-Germain des Pres. Antuene ya no estaba. Han transcurrido siete años y catorce días de ausencia.

Liena T. Flores

Derecho Reservado de Autor

31 de Diciembre del 1920

Querido X.:

Imagino tú curiosidad al recibir esta carta. Te preguntarás cómo he llegado a ti y admito es una historia increíble. Hace un par de días encontré a Marcos en el mercado de las especias y vaya susto se llevó al verme. Èl, como tú, me daba por muerta. Pasamos juntos la tarde recordando la vida en otros tiempos y no tuvo más remedio que revelarme tu paradero. Después del blue stoke me encerré en casa. Te esperé cada mañana en el zaguán. Bebí todo el coñac y me convertí en una aparición fantasmagórica: sucumbí en el silencio y el alcohol. La guardia nacional fue más de una vez por ti. Ante mi silencio no cesaron las amenazas hasta que un buen día incendiaron el jardín e hicieron añicos los cristales del ventanal. Jordi me ayudó con la huida y tendría que escribir cientos de cartas para contarte sobre los lugares, las gentes, las experiencias que viví. Hoy, solo deseo decirte que llegué a Egipto como habíamos planeado. Me hospedé en un hostal en el centro del Cairo. Allí aprendí algo de árabe egipcio y luego me refugié en Nubia, un pueblo del sur cercano a la ciudad de Asúan. Vivo con una anciana herbolaria que me protege de los más ortodoxos: es difícil ser mujer y extranjera aquí. Sigo cultivando flores en potes de miel y he aprendido sobre la magia de las plantas. ¿ Recuerdas aquellos remedios egipcios que solo existían en el papiro de Ebers según decías? ¡No imaginas cómo funcionan en los enfermos! Ya no te atormento más. Sé que estás sonriendo y dudando del poder que esconde una raíz. Tú que solo ves los rayos del sol mientras yo no dejo de preguntarme cómo hace un astro para emanar tal luz. Es casi media noche. Mañana será el mil novecientos veinte y uno y esta carta llegará a ti algún día de cualquier mes. Te abrazo con el pensamiento. Seguiré aquí, entre las aguas del Nilo y las arenas del desierto. Si alguna vez decides recuperar los diamantes eres bienvenido.

Siempre mía para seguir siendo tuya,

Shakti

P. D. Que seas pleno este y todos los años de tu vida. El poder está en ti.