Liena T. Flores
Me gusta saberte feliz. Pensar que lo vivido sirvió de cimiento para traernos al presente. Porque sería necio decir que no llevamos la impronta de aquellos con quienes hemos compartido vida. Aún así si tocara repetirnos no dudaría en tomar las mismas decisiones. Amo lo que soy. Y todo eso sería muy distinto si estuvieras aquí conmigo.
Liena T. Flores
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I
A pocos metros del portón me pregunto porqué he vuelto a casa. ¿Acaso no le temo a la nostalgia? ¿No fue suficiente pasar cinco años en el manicomio de Fez? He cruzado un océano. Destroné las voces y debo ser valiente. Como dice el gurú: “Nadie ha vivido sin experimentar alegría y dolor. Atrévete. Respira y desvanecerán los miedos. “
Este jardín era el camino preferido de Simona. Pienso en ella. En su continuo ir y venir en busca de hierbas aromáticas cantando en su natal maltés y vestida de lino con los brazos al desnudo. Zigzagueo entre la hojarasca buscando un atisbo de vida mas ha fenecido todo: la rosaleda, las madreselvas, la albahaca, el orégano, el romero, el jazmín de noche, y hasta el relinche de Neptuno que surcaba el viento desde las caballerizas. Hoy, el viento es denso, sepulcral, hediondo.
Examino el recibidor milímetro a milímetro. Sobre el coffee table yace un volumen de Voltaire. Contiguo, el sillón victoriano respaldado por la pared ya enmohecida de donde penden dos candelabros de hierro andaluz. Un gato gris salta de la mesa al sillón, del sillón al diván. Olfatea, rasguñe los cojines, maúlla, se esfuma en la penumbra. En el flanco izquierdo distingo el gramófono sobre el gabinete que utilizaba el abuelo para guardar la correspondencia. Rayos tibios de sol se filtran a través de las ventanas. El polvo y la humedad levitan en este cuadrilátero. Siento un picor insoportable en la garganta apenas puedo respirar.
Liena T. Flores
Derecho Reservado de Autor
Mientras la noche se yergue cuajando el cielo de estrellas y luz de luna un gato solitario permanece absorto en el andar de los transeúntes. Quizá es abrumadora la charla de la mesa contigua o el rugir de los platos que proviene desde la cocina. Aun así, en su ademán apacible se convierte en la pausa dentro del ruido. En la expresión máxima de quien se siente servido por la vida pese a la arrolladora nostalgia que va y viene con los años.
Fotografía: Gracias a mi amigo Forés por inspirarme con esta imagen.

Enero
Quiero flores silvestres y días de sol. Mirar al cielo sin prisas. Sin ruidos adyacentes. Despertar aquí, ahora. Verte sonreír mientras robas mi almohada y tu cuerpo tibio me soborna. Quiero no querer, no sentir. Para que sea la vida, desde sus fauces, quien haga germinar los misterios .
Liena T. Flores
Derecho reservado de autor

Reflejos de la noche
Y me vi en el sofá expiando las penas. Revisando anotaciones del diario . Llevaba un vestido de lunares y el cuello mortecino cubierto en perlas. Ya no tenía el mismo pulso al escribir. Las manos temblorosas, el cuerpo adolorido, y un corazón tan joven y sonriente como hace cinco lustros cuando escribía las historias que hoy pululan en el librero y la memoria.
Liena T. Flores
Crédito de fotografía: web
