El arte de saborear la vida
sin pretender
valorar el instante
por lo que es: irrepetible.
Quien sabe su valía
no se esfuerza por agradar
reconoce la grieta y la luz
no se jacta
mucho menos se disminuye.
LTF
Tus manos tibias
sostuvieron mis brazos
en ese instante se eclipsó la vida
cesó la lluvia
el cielo a media luna
se vistió de estrellas.
Te encontré sin buscarte
olvidé la última brecha
y me nacieron ganas.
Liena T. Flores 🫶🏽
Farolas parpadeantes, agua pútrida estancada entre escombros y una turba de gatos famélicos es lo que voy encontrando a mi paso por la calle Altir. He tomado el rumbo norte hacia la plaza de la vecindad y tal parece que jamás existieron los adoquines cerúleos revistiendo el pavimento o los sauces frondosos flanqueando la avenida. Mucho menos la gente que ensordecida de hambre y dolor ha decidido enfrentar sus demonios a puertas cerradas. Qué más podría esperarse. La guerra quebranta el espíritu de los pueblos y un espíritu quebrantado lleva a cuestas el hedor a pólvora y muerte hasta los últimos días. No permitan ustedes que los eruditos romantizen la historia en el futuro. Nadie gana en la guerra.
Cierne la lluvia sobre el pavimento resquebrajado. Siento frío. Mucho frío. Cuánto desearía encontrar un sitio cálido donde guarnecerme como en aquellas noches invernales cuando la familia se reunía alrededor del fuego a rememorar historias de los antepasados. Un zumbido en los oídos me hace tambalear. Detengo el paso y repentinamente aparecen a mi lado dos gatos de la turba famélica. Escucho la algarabia proveniente de la plaza. Zigzagueo, me detengo un instante y continuo a paso lento.
Maúllan las bestias y un sauce circundado por el fuego crece entre la bruma espesa de la noche. Vuelvo a escuchar el zumbido estridente. No recuerdo cómo o para qué salí de casa. Tal vez porque prefiero morir a punta de cañón antes de ser devorado lentamente por esa infección purulenta que abate mis piernas.
Hoy es domingo y la gente ha colmado la plaza. Vienen en busca de especies, hierbas mágicas, ungüentos, leche y miel. Me dejo llevar por el bullicio y la sinfonía de los músicos ambulantes hasta que encuentro al abuelo en la terraza del Café Mon. Esta vez no lee el periódico como de costumbre. Solo sonríe y ondea las manos en señal de bienvenida.
Siento paz. Siento la tibia caricia del viento y un repentino rayo de luz cromática se ha colado en mis pupilas.
Liena T. Flores