I

A pocos metros del portón me pregunto porqué he vuelto a casa. ¿Acaso no le temo a la nostalgia? ¿No fue suficiente pasar cinco años en el manicomio de Fez? He cruzado un océano. Destroné las voces y debo ser valiente. Como dice el gurú: “Nadie ha vivido sin experimentar alegría y dolor. Atrévete. Respira y desvanecerán los miedos. “

Este jardín era el camino preferido de Simona. Pienso en ella. En su continuo ir y venir en busca de hierbas aromáticas cantando en su natal maltés y vestida de lino con los brazos al desnudo. Zigzagueo entre la hojarasca buscando un atisbo de vida mas ha fenecido todo: la rosaleda, las madreselvas, la albahaca, el orégano, el romero, el jazmín de noche, y hasta el relinche de Neptuno que surcaba el viento desde las caballerizas. Hoy, el viento es denso, sepulcral, hediondo.

Examino el recibidor milímetro a milímetro. Sobre el coffee table yace un volumen de Voltaire. Contiguo, el sillón victoriano respaldado por la pared ya enmohecida de donde penden dos candelabros de hierro andaluz. Un gato gris salta de la mesa al sillón, del sillón al diván. Olfatea, rasguñe los cojines, maúlla, se esfuma en la penumbra. En el flanco izquierdo distingo el gramófono sobre el gabinete que utilizaba el abuelo para guardar la correspondencia. Rayos tibios de sol se filtran a través de las ventanas. El polvo y la humedad levitan en este cuadrilátero. Siento un picor insoportable en la garganta apenas puedo respirar.

Liena T. Flores
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