✍🏼El invierno crecía apabullante en los ojos de mamá, un tanto más apabullante que en las calles embardunadas de escarcha. Era domingo al atardecer. Desde el samovar saltaban piruetas de humo y yo jugaba con las muñecas en su regazo cuando,repentinamente, la escuché decir:
—Tatiana, nos vamos a Francia.
—¿Adónde, mamá? —pregunté.
—A la Costa Azul, a Niza, donde viven los tíos abuelos.

De Niza sabía que era refugio invernal de los aristócratas rusos. Todos hablaban de su mar azul refulgente y de la elegancia de sus habitantes. Pero yo,Tatiana Petrova, no había visto otras calles que no fueran las de mi amado Moscú. En Niza nos esperaban los tíos abuelos y algunos amigos de mamá. La reciente Masacre de Lena en Siberia había avivado el movimiento revolucionario, pero en Diciembre del año 1912 aún quedaban esperanzas de volver a casa. Nuestra llegada coincidió con la consagración de la catedral de San Nicolás, sitio de encuentro para la creciente comunidad rusa en la Costa Azul. La catedral de cúpulas bulbosas semejaba un pedazo de patria bajo otro cielo. Fue un día feliz. Besé la cruz y agradecí al santo milagroso. Para ese entonces tenía solo once años e ignoraba que para siempre había cambiado la vida.

Liena T. Flores

Niza 2026

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