No acudí a la cita en el café Goethe como habíamos planeado durante los últimos dos meses. Ese once de Octubre el pueblo se hundió en lodo y fuertes lluvias. El mal tiempo sirvió de coartada para escapar de casa pues ni papá ni João notaron mi ausencia o al menos eso intuyo. El padre Kiko me trasladó en el trasfondo de un camión hasta la estación de autobuses y allí permanecí con el resto de los pasajeros varados hasta el amanecer cuando se hubo restablecido la ruta a Lisboa. Fue imposible avisarte. Perdimos la electricidad y el servicio telefónico.
Arribé a la ciudad antes del medio día. Lisboa exhalaba aroma de castañas tostadas entre el colorido ondulante de tranvías y transeúntes. Uno de los chicos que vende periódicos frente al café me llevó hasta tu casa. Tal como narrabas en las cartas encontré la puerta azul circundada de bugambilias, sorprendentemente clausurada con dos trozos de madera rectangular posicionados en forma de cruz. Te habías ido. Aprendí por fuerza del destino que la gente cobarde elige los caminos fáciles. ¿Que sería de mi si regresaba al pueblo? ¿Casarme con João a quien me habían vendido por un pedazo de tierra? ¡No! No imaginaba la vida junto a ese infecto. Lisboa era mi nuevo hogar y tu casa se convertiría en mi refugio. Ni papá ni él podrían encontrarme.
Liena T. Flores
Derechos reservados de autor
Mayo 3, 2024.