Cartas de Invierno

Bajo chubascos y nubarrones llegó Diciembre, el último mes de mil novecientos treinta. A tan solo un cuarto de hora para las nueve comenzaron a repicar las campanas de la iglesia; Piera enardecida abrió el portón azul de la entrada cantando eso cantos gregorianos que solo ella con su voz aguda podría entonar; comenzó a desempolvar los sillones, la mesa de centro, la vitrina de caoba, el paraban , así sucesivamente se encargaría de cada rincón del recibidor hasta terminar en los jarrones de Perugia . Ambra se mecía en uno de los sillones que amueblaban el patio trasero, saboreando el té de lavanda que compró un par de días atrás en La Vucciria, en aquel puesto de hierbas y flores donde labora la vidente de Trípoli . Viendo caer la lluvia sobre las orquídeas pensaba en las cartas de invierno que jamás recibió , en el silencio  de los últimos tres meses que desencadenó  un torrente de tristeza cada vez más evidente en los círculos negros debajo de los párpados y en la osamenta del cuerpo. Cesaron las campanas y con ellas cesó la lluvia, devolviéndole  a las calles el eco de los transeúntes y el chillido de los niños que jugaban en la acera. Ambra bebió el último sorbo de té y se dispuso a salir de casa. Agarró  el chal de flores que usaba los domingos y atravesó el portón de la calle a paso de antílope escapando de la mirada de Piera. Recorrió la avenida Roma pensando en la alegría indómita de su gente, en la realidad de la Italia fascista, y en su vida de soledad y sombras. Deambuló por las calles de la ciudad hasta vislumbrar las olas grises en el litoral del puerto. A esta hora de la mañana el puerto era una selva tupida de vapores, estibadores, pescadores, todos ellos mezclados con los pasajeros que entre vítores y equipajes gigantes desembarcaban del vapor Paradiso procedente de Libia. Aún sin comprender la alegría que la embargaba, Ambra despertaba del letargo donde sobrevivió los últimos meses, sus ojos oliva resplandecían perdidos en la multitud, de tal manera que no alcanzaban reconocer al hombre que se acercaba velozmente a su encuentro. Giuseppe había vuelto, no era un sueño. Estaba aquí frente a ella en el puerto de Palermo, con la cara tapizada en llanto, los brazos curtidos por el sol, con todas las respuestas grabadas en los labios. Abandonó el flamante sueño de convertirse en colono en las áridas tierras Libanesas para reconquistar los tesoros del alma, esos que no son negociables, pero proporcionan la verdadera felicidad.

 

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